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La indomable estirpe de Tom Sawyer

25/May/2018

La indomable estirpe de Tom Sawyer

SUSANA FORTES  |  ESPECIAL DOSCIENTOS - MAYO 2018

En la ilustración de la portada se ve a un crío descalzo con un sombrero de paja y una caña de pescar sentado en la cubierta de una balsa de troncos. A su lado, como un fiel centinela, un tipo flaco y más negro que el betún otea el horizonte, por la cuenta que le tiene. Se trata de un esclavo huido, su nombre es Jim. El chaval en muchos sentidos puede considerarse también un prófugo, se llama Huck, no conoce el jabón ni más normas sociales que las de un conejo de monte, pero tiene un corazón de primerísima calidad y es el mejor amigo de Tom Sawyer. Daría cualquier cosa por volver a leer Las aventuras de Huckleberry Finn, como lo hice la primera vez, a la luz de una linterna en el cobertizo de la casa donde pasábamos los veranos.

 

El río como metáfora de la vida, la amistad, las cuevas misteriosas, las islas adonde no llegan órdenes de captura, el tesoro del indio Joe, el valor, la aventura… Ese era el mundo en el que los niños de antes nos iniciamos en el embrujo de la narración cuando aún no existía el colegio Hogwarts de Harry Potter. El lector que se entregaba al influjo narrativo de Mark Twain sabía perfectamente el riesgo que corría, aunque ignorara todavía que de ese aprendizaje iba a depender su temple ante la vida, como sucede siempre con los grandes libros que nos han amueblado el corazón y la cabeza. Hemingway tenía razón. Toda la literatura moderna estadounidense procede de este libro. “Nada hubo antes. Nada tan bueno ha habido después”.

Para una niña de ciudad, acostumbrada a los horarios fijos y la libertad vigilada, un chico que fumaba en pipa, andaba descalzo, soltaba tacos y no iba al colegio, era lo máximo. Tan pronto nos daban las vacaciones, empezaba una extraña añoranza de tierras sin ley. Cierto que el perdido cantón gallego donde crecí, distaba bastante del gran Sur americano, pero teníamos también un río, aunque algo más pequeño que el Mississippi, un montón de cuevas y una pradera de caballos salvajes. Además los métodos de mi abuela Nina, que asumía el mando de una tribu de más de doce niños entre hermanos y primos, se parecían bastante a los de la tía Polly y la viuda Douglas.

Mark Twain fue periodista, minero, capitán de barco, soldado, jugador y sobre todo, un humorista radical que se curó en salud al exigir que pasaran 100 años antes de permitir la publicación de su autobiografía. Con él nos asilvestramos definitivamente. Aprendimos a silbar, a escupir lejos, a afrontar riesgos, a elegir a los amigos, a cazar ranas, a guardar un secreto y a pelear en tierra batida. Valores todos ellos bastante alejados de la moral victoriana. No es de extrañar que en el siglo XIX su lectura se prohibiera en los colegios británicos. Lo sorprendente es que a estas alturas, sigamos en las mismas. La editorial NewSouth Books ha considerado que el lenguaje empleado por Mark Twain podría ser un mal ejemplo para los tiernos escolares estadounidenses que, sin embargo, pueden guardar un Winchester en casa sin el menor reparo. En la nueva edición de Las aventuras de Huckleberry Finn, no aparece por ningún lado la palabra “negro” (nigger) ni las expresivas blasfemias que sueltan los protagonistas cuando se ven en peligro.

Ya se pueden imaginar la cara que pondría el viejo tahúr del Mississippi antes de soltarles su andanada a estos nuevos censores de la mojigatería rampante, para explicarles el verdadero significado de una lectura que no han entendido nunca: el profundo valor de la amistad entre dos chicos blancos y un esclavo negro que pelea por su libertad. La nostalgia incurable del paraíso aunque tenga que ser expresada con palabras del infierno. ¿Hay quien dé más?

 

[Publicado en el número 129. Marzo 2011]

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